Bienvenidos a
los septuagésimo cuartos juegos del hambre, una especie de gran hermano en el
cual unos jovenzuelos tienen que molerse a palos los higadillos hasta que solo
uno quede en pie. Interesante, ¿verdad? Pues bastante, en mi opinión, y eso que
la historia me suena; pero con japoneses, eso sí. Como la autora, según ella, nunca
había oído el nombre de cierta novela oriental hasta que la suya no salió a la
venta, corramos un tupido velo y centrémonos en el libro que nos ocupa.
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Estimado señor George R. R. Martin.
Nota: En el siguiente
texto se destripan dos momentos importantes de la trama. No leer en caso de no
haber terminado ya con Danza de dragones o, en su defecto, haber empezado
este.
Ante todo quiero
presentarle mis respetos y decirle que admiro profundamente su trabajo. No sé
si pecaré aquí de ignorante en este aspecto, pero creo que su obra más conocida
hasta el momento es la saga bautizada como Canción de hielo y fuego. Por
desgracia para mí, además de su impresionante serie de novelas río, tan solo he
tenido el placer de leer su relato breve que lleva por título El caballero
errante. Magníficos textos, he de decir, pero, como podrá imaginar y comprobar
más adelante, esta misiva no ha nacido de una necesidad imperiosa de bañarlo en
halagos.
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